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La Ley del Silencio
Hay unas normas de convivencia social, que no están escritas, sin embargo, tienen tanta fuerza como una Ley. Las cláusulas que la componen son: Todos somos iguales. Todos tenemos defectos. Mi verdad, tu verdad y lo relativo a la humildad. La persona integrada en el colectivo, siente a diario estas normas, las practica y las impone, con sanciones si hace falta a todo aquel que las transciende. Si hablamos de ética, ¿es correcta esta Ley?. Si hablamos de inteligencia, ¿es correcta esta Ley?. No lo es, ni en un sentido ni en el otro. Veamos ahora ese gran grupo social, consideran petulante, vanidoso o engreído, a una persona que hablase bien de sí mismo, sin tener en cuenta si lo que dice es cierto o erróneo. Si esta persona intentase defenderse, la masa, como si fuera una sola voz, le diría, que él no es quien, para decir lo que vale, son los demás los que deben hacerlo. Es indudable que una persona elevada, no se pondría medallas, no haría nunca alardes de grandeza, en principio, porque no lo necesita y es aquí donde este colectivo tiene bien urdido su plan. Como vemos, tienen razón al decir que solo un presuntuoso va por ahí poniéndose medallas, claro que, este punto tiene un fallo. Si estas personas que siguen esta Ley, amonestan a otras por presuntuosas, están en la obligación moral de reivindicar las buenas obras de otros, y.....¿lo hacen?. No, no lo hacen porque son envidiosos. De esta manera tan retorcida tienen el control para que ninguna cabeza despegue y que las demás clausulas, sigan vigentes, todos somos iguales, todos tenemos defectos, mi verdad. Han utilizado la humildad para impedir que una persona cualquiera, con su esfuerzo, pueda ser reconocida en su valor. Es un hecho que el pueblo, tiene apertura visual para todos aquellos que son diferentes, siempre y cuando, lo sean hacia abajo, pero, parecen estar ciegos si esa diferencia apunta hacia arriba. De otro lado, nos encontramos con que la masa, el pueblo, que tanto gusta hablar de humildad, no sabe lo que es. Personas que cifran su vida en tener un coche mejor que su vecino, en ponerse ropa que les diferencie, en tener gran habilidad para meter en cualquier conversación, que tienen tantos bienes y que van de viaje a Cancún, no pueden ser humildes, de hecho, la humildad es patrimonio único de las grandes personalidades. La humildad mal entendida por el pueblo, no es otra cosa que hipocresía. Es cierto que el hombre masificado no puede entender lo que es ser humilde, pues, el que de verdad lo es, tiene en su casa todo un cajón lleno de medallas, que nunca se pone, mientras que el hombre común, está deseando adquirirlas para presumir, incluso no se achica al ponerse medallas que no le corresponden o que son de otros. Dentro de esta Ley del silencio, se esconde la manipulación que el pueblo hace con sus ídolos, si así le conviene los eleva, aunque no valgan nada y si también le interesa, los tira. Esta sensación de poder les agrada, les hace a ellos sentirse importantes, les hace ver que si él hubiera querido, también habría podido, pues, a fin de cuentas, fulanito ni sabe cantar, ni bailar y se ha hecho millonario. Un caso histórico fue la elección del pueblo sobre quien debía vivir, si Barrabás o Jesús, eligieron al primero, porque la gente del pueblo se sentía más cercano a él. Más ejemplos. Veamos los ídolos de nuestra sociedad, son cantantes, actores y deportistas, es decir personas que entretienen a la masa, a su vez, los que de verdad la favorecen, como científicos, filósofos o personas que enseñan a crecer interiormente, son ídolos de minorías. Si puedes demostrar que eres físicamente superior a otros, corriendo, nadando, levantando peso, dando patadas a un balón, etc., te dan una medalla y hasta te puedes hacer rico, pero, si demuestras con tus actos que eres mejor que la mayoría, si tienes suerte, te ignoran. Al principio, me pregunté si la Ley del silencio era ética e inteligente y me respondí que ninguna de las dos. No es ética, pues, hace ídolos a personas que no lo valen y de paso dificulta el desarrollo de las personas grandiosas, sólo por ignorancia y envidia. Son capaces de hacer millonarios a escritores de libros basura de autoayuda, todo porque estos timadores les dicen que deben amarse mucho a sí mismos, -agrandando con ello su ego-. También, que tienen un gran valor como personas y que sólo deben creérselo para convertirlo en realidad. No hay nadie tan tonto, ¿o sí?. Con las clausulas de su Ley de: Todos somos iguales, todos tenemos defectos, aunque no quieran precisar si hay diferencia entre una persona con uno solo y otra con veinte, logran de esta manera tener el nivel de altura donde a ellos les resulta cómodo, porque lo que se persiguen, es que no haya personas que puedan dar ejemplo. Nada más peligroso para el hombre masificado, que encontrar un exponente de grandeza interior, pues, o cambia sus ideas y decide mejorar o busca la manera de echar tierra sobre el verdadero ídolo. El sujeto integrado en el gran grupo a fin de poder soportarse ante el espejo, de manera metódica, día a día, año tras año, ha terminado pintándose de tal manera que, al paso del tiempo, en vez de aprender desaprende y se vuelve más y más desconocido para sí mismo. Como se ha subido a un nivel que le viene grande, si tiene problemas psicológicos no puede ser ayudado, pues, no entiende de qué le están hablando, él no es como lo describen, él es más grande y aunque todas las evidencias vayan en su contra, no por ello se arredra. Como conclusión, podría decir que hay falta de ética y de inteligencia en la persona masificada, al mantener una postura ante la vida que le impide progresar. Con un simple ejemplo se entiende. Para poder subir del primer piso al segundo, antes hay que reconocer donde se está, para luego, esforzarse, sudar y sufrir, para ascender. Es imposible subir del primero al segundo, si la persona cree que ya ha llegado y como del primero no se puede saltar al tercero, no es posible ayudarles.
Adolfo Cabañero |