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Milagro en semana santa
Me llamo....bueno, para qué dar nombres, ¿qué nos dice un nombre?, nada, ya que éste y tu apellido te lo han puesto tus padres antes de nacer. Para contar esta historia, no necesitan saber nada de mí, salvo que soy escritor. Hace ya muchos años corrió el rumor de un milagro en Andalucía, en las fiestas de Semana Santa, si bien, pudo haber sucedido en cualquier otra provincia o comunidad. Recuerdo que fue en Junio cuando al fin pude desplazarme a Sevilla, quería enterarme un poco de ese extraño milagro y digo extraño, porque no se mencionó en ninguno de los medios divulgativos corrientes, como son prensa, radio o televisión, no obstante, el rumor permanecía. Era esto lo que me incitó a ir, la singularidad de un milagro que en vez de ser rápidamente difundido había sido ocultado. Largo y aburrido sería mencionar todos los pasos que tuve que dar, hasta llegar a Genaro, basta con saber que en la cara de todos aquellos a quien pregunté, apareció la misma nube que oscurece el rostro de quien tiene sucia la conciencia. A Genaro lo encontré sentado bajó un enorme pino, a unos veinte kilómetros de Sevilla, en cuanto formulé las mismas preguntas, empezó a llorar y repitió una y otra vez: Lo hemos vuelto a hacer, de nuevo lo hemos hecho. En cuanto logré sacarle de tan fuerte emoción, comenzó a hablar y lo hizo sin parar hasta contarme algo que en ningún momento hubiera creído, sino fuera por todo lo que había visto hasta el momento. Genaro estuvo ahí desde el principio, ya que era miembro de una de estas congregaciones de costaleros y esta es su historia: En una Iglesia céntrica de la capital, un día antes de dar comienzo la semana santa, cerca de cien persona oyeron una música sublime, luego un olor maravilloso inundó todo, pero, allí no había ni equipo de música, ni nadie quemando incienso y aunque lo hubiera no sería lo mismo, todos a la vez sentimos que algo grande iba a suceder. Una luz atravesó el techo de la iglesia y fue a dar en el crucifijo central, uno de tamaño humano, entonces, Jesús, ahí clavado empezó a tomar textura de carne y el color le llegó hasta sus mejillas, los clavos saltaron al suelo y flotando en el aire Jesús se posó. Todos quedamos atónitos, sin saber qué hacer, hasta que el párroco, exclamó varias veces ¡Milagro! y todos repetimos como eco la misma palabra, mientras Jesús seguía en pie mirándonos sin decir nada. En cuanto llegó algo de lucidez a nuestros cerebros, alguien propuso que era indecoroso dejarle así vestido, por lo que mandaron a uno que era sastre le trajera ropa. Mientras se cumplía el encargo, se creó una situación algo tensa, nadie sabía qué decir, ni tampoco cómo dirigieres a Jesús, éste por su parte, cansado fue a sentarse en uno de los banquillos, los demás le miraban, unos con los ojos bajos, otros de reojo, otros le sonreían. Entonces llegó el sastre con un ayudante y una sábana a modo de saco llena de ropa, se había puesto nervioso y aunque había visto muchas veces el crucifijo, ahora no sabía que talla sería la correcta, por eso trajo lo que pudo. Todos miramos y todos opinamos, llegando a la conclusión de que aquella vestimenta podría ofender al hijo de Dios, que siempre fue cubierto de manera muy sencilla, así que el párroco salió de allí y en una pequeña buhardilla del mismo edificio, trajo ropa usada que tenía para los más necesitados. Le dimos esta ropa a Jesús y púdicamente le mostramos la caseta de las confesiones donde se quitó el lienzo que le cubría y se colocó en su lugar unos pantalones vaqueros y un niki a juego. Visto así, ya no parecía tan ...tradicional, aunque la luz surgía de lo alto de su cabeza. Todos los miembros de la cofradía disertamos un buen rato, sin percatarnos que aunque Jesús no hablaba todo lo veía. Teníamos que presentar el milagro a todos, pero, ¿cómo afectaría esto a las gentes?, el tumulto sería excesivo, salvo que, se dosificase poco a poco, como sugirió el farmacéutico. Todos pensamos era lo más acertado, así que volvimos a discurrir donde debíamos hospedarlo. Descartamos una suite en un hotel de lujo, ya que esto sería un insulto para su Excelencia, tal y como empezamos a dirigirnos a él. También desestimamos un apartamento, por lo mismo, llegando a la conclusión que lo mejor era sacarlo a las afueras de la ciudad y adecuarle lo mejor posible en un establo, también el cura estuvo de acuerdo. Dicho y hecho, allí le dejamos. Entonces a otro se le ocurrió, que ahora, al tener cuerpo, lo mismo tenía hambre y sed. Con mucha parsimonia nos dirigimos a su Excelencia y le preguntamos si quería comer algo o beber, Jesús con un movimiento de cabeza, asintió. De nuevo volvieron los prejuicios, ¿qué debían dar de beber y comer a una persona tan elevada que dio ejemplo durante toda su corta vida?. Después de mucho deliberar lo más seguro era no andarse por las ramas y ofrecerle lo más básico pan y agua y así lo hicimos. Jesús se sentó y nos miró con una expresión que ninguno vio antes, ni supo identificar y como si estuviera cansado se sentó y empezó a comer del pan y a beber del agua. Fue una dura elección, ya que muchos pensaron el pan debía ser duro, pero gracias a la elevada conmiseración del cura párroco, le dieron pan del día. Allí dejamos a su Excelencia Jesús y fuimos a otro sitio a seguir poniéndonos de acuerdo, ya que al día siguiente empezaba oficialmente la semana santa. Decidimos que lo más oportuno, de momento, sería presentarlo a gente por nosotros conocida, a las que pediríamos voto de silencio, hasta que se llegara a un acuerdo de qué hacer con Jesús frente al mundo entero. Hablando de votos de silencio, algunos se preguntaban porqué Jesús no decía nada. En una sala de baile enorme, en la que habría unas cuatrocientas personas, se presentó a Jesús. Hubo expresión de duda pero no muchas, pues, los que allí había, eran amigos y familiares de los que estuvimos cuando se produjo el milagro. En un instante, sin que nadie pudiera evitarlo, uno de los que estaban en primera fila, corrió dando traspiés hasta Jesús y le pidió le diese de nuevo la vista. Es como si todos estuviéramos esperando algo semejante, se hizo un silencio casi opresivo, donde el ciego arrodillado palpaba el pie de Jesús, al que había reconocido entre todos, nadie sabe cómo. Jesús se puso en pie y levantó al ciego, le pasó la mano por los ojos y al momento comenzó a ver. La alegría del ahora vidente fue tan grande que corrió como electricidad por los presentes, de otro lado se aproximo otro ciego y como no sabía encontrar a Jesús, un familiar le llevó del brazo y éste, sin arrodillarse y con un tono de voz exigente le pidió hiciera por él el mismo milagro, pero, Jesús ni siquiera se levantó, por lo que el familiar, molesto, se llevó al ciego fuera del recinto. Entonces todo fue un constante pedir, casi la mitad de la gente que allí había tenía alguna dolencia hasta llegaron a proponer que les librase de un empacho de pasteles. Viendo que aquello era molesto para su Excelencia, dimos por finalizada la presentación. De nuevo dejamos a Jesús en el establo y a darle su ración de pan y agua, pero, esta vez había un par de sevillanas muy bien formadas que estaban allí para hacerle compañía, contándole cosas de su región. Jesús aceptó la idea y se sentó en silencio sobre un engrosamiento de paja y allí frente a aquellas dos bellas jóvenes, escuchó. A las dos horas llegaron dos viejas vestidas de negro con la finalidad de tomar el relevo a las hermosas jóvenes. Habíamos decidido que no sería muy honorable dejar al hijo de Dios con esas muchachas tan agraciadas, igual pensaría que intentábamos ponerle a prueba o qué se yo, así que lo más seguro eran las dos viejas. A mi me pareció que Jesús estaba contento frente a algo bello y también me pareció que le desagradó el cambio, no obstante, es una simple impresión mía. Llegó otro día y de nuevo se reunieron las multitudes en un local aún más grande que el anterior para ver a su Excelentísimo señor JesuCristo. Todos con su vista clavada en aquel hombre joven vestido con pantalón vaquero y niki a juego. Al principio parecía un murmullo pero luego al igual que se oye el mar cuando te vas acercando, una sola frase tomó fuerza: ¡Jesús cúranos!. ¡Jesús, sálvanos!. Nuestro Señor Jesucristo se levantó, y haciendo un esfuerzo por hablar, logró decir que todos aquellos con problemas físicos se pusieran en un lado. Hubo movimiento y en menos de cinco minutos aquellos con mala salud se habían colocado a un lado de la gran sala, entonces Jesús bajó y fue apartando a unos de otros y sin mediar palabras empezó a curar a un pequeño grupo, mientras los otros miraban asombrados sin saber a qué atenerse. Cuando hubo terminado, los que no habían sido curados, se sintieron ofendidos y también sus familiares, por lo que pidieron explicaciones. Jesús que parecía tener cierta afonía modeló la voz lo mejor que pudo y les preguntó: ¿Por qué pensáis que los males que tenéis, son injustos?. No hubo respuesta, así que Jesús continuó: He curado a todos aquellos que tuvieron mala suerte o que fueron víctimas de los canallas. Se organizó un revuelo, los que habían sido curados, estaban agradecidos, los que no, que eran mayoría, empezaron a llamar impostor a Jesús, sin importarles que hubiera sanado a más de treinta personas con cojera, sordera, ceguera y tumores cancerígenos. Eso fue lo que pasó aquel día, al siguiente los escindidos y malhumorados hicieron su cometido esparciendo mentiras y rumores contra Jesús, dándole sin darse cuenta la razón, de que el mal que tenían se lo habían ganado por merecimiento propio. Dos días más y Jesús estaba muy cansado, el pan y agua no parecía suficiente y la charla de las dos viejas ignorantes, tampoco parecía hacerle ningún bien, así que nos pidió le dejáramos un día de asueto y tuvimos que aceptarlo, aunque no nos pareció oportuno. Fue entonces que Jesús marchó por la feria, vio las cofradías a los costaleros y a mucha gente orando ante su propia imagen, pero, no le reconocieron o no desearon hacerlo. Vio Jesús que no era posible separar la fiesta de la fe y que detrás de la fiesta lo que se perseguía era el dinero. Entro en una sala donde bailaban bebían y comían gente muy alegre, al ver a Jesús se sintieron inhibidos aunque otros lo llamaron impostor, las parejas que se besaban dejaron de hacerlo, los que bebían también y lo mismo los que comían jamón de pata negra, todos quedaron cohibidos, por lo que Jesús les dijo que la diversión era buena, lo que era malo eran los excesos y dicho esto, se marchó para no molestar. Así estuvo aquel día libre Jesús, de acá para allá sin quedarse en ningún sitio, porque no parecía hubiera tal lugar para él. Viendo las desavenencias originadas por la manera de curar de Jesús, procuramos convencerle de que debía ser más comprensivo, que también las personas menos buenas, tenían sus derechos. A esto Jesús nos respondió que la ley de Causa Efecto no la había creado él, sino el Profundo, el Dios padre de todos y como tal, no sería él quien fuera contra su autoridad y añadió, para que siga existiendo justicia, lo que siembras es lo que debes recoger. No pudimos decirle nada, aunque, no nos gustó. Al otro día, fin de la semana santa, Jesús se dirigió a otro grupo de personas, el más grande hasta el momento y les hablo, de lo que podía hablarles Jesús, de la verdad y la justicia. En menos de una hora la sala quedó casi vacía. Uno de los que estaban allí, precisamente yo le dije: Para estar mal de la garganta, su Excelencia ha hablado muy bien, claro que, no me extraña, después de tantos siglos crucificado. A esto Jesús me respondió, -no, mi afonía se debe por haber estado durante siglos predicando sobre rocas, por eso, al final enmudecí-. Al día siguiente todos los miembros que organizamos estos eventos nos reunimos y deliberamos más de cuatro horas, entre ellos llevaron la voz de la autoridad el cura párroco y un tal Enrique del Cuello, que por cierto, me pareció a mi era la reencarnación de Caifás. Al final llegaron a un acuerdo y digo llegaron, porque yo no acepté. Hasta el momento, habíamos logrado eludir a los periodistas, pero, ya había muchos merodeando por ahí y tal y como pensó el párroco apoyado por el Cardenal al que se lo contó y que a su vez éste comunicó al Papa, si Jesús era reconocido como tal, entonces, todas las riquezas del Vaticano le pertenecerían, las que en su nombre habían acumulado durante dos milenios, incluso algunos Bancos. Por su parte, aquel Caifás argumentó lo siguiente: Si Jesús había venido al mundo para limpiar éste de pecado, el hecho de estar ahora entre los hombres evitaría sin duda, que cumpliera con la misión para la cual había sido creado. Era necesario que hubiera una persona excelente, la mejor de todas, que recibiese en sus carnes y alma las maldades y otras canalladas que hacen los humanos, porque sino..... . Entonces este Caifás se dirigió a sus oyentes y con voz atronadora les gritó: ¡Mirad en vuestras conciencias y luego decidme sinceramente sino preferís que sea otro el que reciba el daño de vuestras malas acciones!. Se hizo un gran silencio y se tomó una decisión. El tiempo cambió desde que empezamos a deliberar y al final, se organizó una tormenta y hasta se produjo un eclipse de Sol. Desde entonces ya nadie volvió a ver a Jesús, salvo esas manchas de sangre que yo mismo encontré dentro de la Iglesia, al pie de la cruz de la que descendió Jesús y que ahora volvía a ocupar.
Adolfo Cabañero |
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